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Documento fundacional

La inteligencia artificial no se combate. Se gobierna.

Un espacio para hacer reflexionar al poder sobre lo que cuesta llegar tarde.

Acordado por las personas promotoras. Se someterá a ratificación de la primera Asamblea General.

AperturIA no nace para fingir que no tiene posición. La tiene, y sería absurdo ocultarla detrás de una neutralidad decorativa. Estamos a favor de la inteligencia artificial. Estamos a favor de que se investigue, se desarrolle, se use y se extienda. Estamos a favor de que no sea un privilegio reservado a cinco grandes compañías, a dos gobiernos o a quien ya tiene capacidad de cómputo, datos y dinero.

No lo decimos por fascinación infantil ante una máquina nueva. Lo decimos porque la inteligencia artificial ya está ayudando a hacer cosas que antes eran más lentas, más caras o sencillamente imposibles. Ayuda a investigar, a diagnosticar, a traducir, a enseñar, a crear, a organizar el trabajo y a encontrar soluciones en campos donde el tiempo importa. Ayuda a una pequeña empresa a competir. Ayuda a una investigadora a avanzar. Ayuda a una persona a acceder a conocimiento que antes quedaba lejos.

La inteligencia artificial ya está aquí. No es una visita a la que podamos negar la entrada y esperar que se vaya. Y, aunque alguien lograra frenarla en un país, no conseguiría borrarla del mundo. La pregunta no es si existirá. La pregunta es quién la desarrollará, quién se beneficiará de ella, qué reglas tendrá y quién pagará el coste de las decisiones que tomemos.

El mal uso no invalida el avance

Que una herramienta pueda utilizarse mal no convierte en culpable a la herramienta ni en sospechosa a toda la sociedad que la emplea. Internet ha servido para delitos, estafas, violencia y manipulación. También ha servido para conectar, trabajar, aprender, investigar y crear oportunidades que antes no existían. No se cerró Internet. Se persiguieron delitos, se mejoraron sistemas y se establecieron límites donde hacían falta.

Con la inteligencia artificial debe ocurrir lo mismo. Hay usos que deben impedirse, investigarse y sancionarse: el fraude, la extorsión, la manipulación organizada, la violencia, la explotación, la fabricación de armas o el uso de sistemas para causar un daño deliberado. Ahí no cabe la ingenuidad. Hay que diseñar salvaguardas, exigir trazabilidad cuando sea necesaria, cerrar accesos peligrosos y perseguir a quien use estas herramientas para hacer daño.

Pero perseguir al responsable no es paralizar a todos los demás. No se puede convertir la existencia de personas malintencionadas en una coartada para que la mayoría renuncie a aprender, investigar, emprender o mejorar su trabajo. Esa lógica no protege: castiga por adelantado a quien no ha hecho nada y deja el desarrollo tecnológico en manos de quienes tienen suficiente poder para sortear cualquier barrera.

La verdadera obligación empieza con la transición

Hay otra cuestión que no queremos esquivar: esta transformación alterará empleos, tareas y formas de organización. Negarlo sería tan irresponsable como anunciar el fin del mundo. La Revolución Industrial generó riqueza y progreso, pero también dejó a muchas personas pagando solas el precio de no poder adaptarse a tiempo. Ese fue su fracaso político y social: no haber decidido quién se hacía cargo de la transición.

No queremos repetirlo. Si una tarea desaparece o cambia, la respuesta no puede ser decirle a una persona que se actualice y arregle su vida como pueda. Los gobiernos, las empresas, las universidades y las organizaciones sociales tendrán que responder. Tendrán que crear formación útil, accesible y continua; dar tiempo y apoyo a quien parte de una situación de desventaja; y garantizar que el avance no amplíe la distancia entre quien ya sabe moverse en el mundo tecnológico y quien nunca tuvo oportunidad de hacerlo.

Decimos esto a quienes pueden decidirlo: a los gobiernos, a las administraciones, a las universidades, a las organizaciones sociales y también a las grandes empresas tecnológicas. No las señalamos como culpables. Las queremos pensando, porque son parte implicada y porque sin ellas no se cierra ninguna transición.

Pero no hablamos en su nombre. Hablamos en nombre de quienes no están en la mesa: la ferretería del barrio, el taller, la autónoma que lleva veinte años siendo buena en su oficio y a la que nadie le ha explicado todavía qué es esto ni por qué le afecta. Esa gente no va a ir a un congreso de inteligencia artificial. Si el desfase los atropella, no habrá sido un accidente: habrá sido una decisión que tomó otro.

En la Revolución Industrial, a quienes tenían los medios para suavizar la transición se les trató como adversarios, y muchos se comportaron como tales. Los pocos que se vieron como parte implicada, y levantaron escuelas y viviendas antes de que una ley se lo impusiera, demostraron que se podía. Tardamos dos generaciones en generalizar lo que ellos ya habían probado. Esta vez preferimos empezar por ahí.

No se trata de frenar el avance para conservar intacto un mundo que ya no existe. Se trata de impedir que la adaptación se convierta en un privilegio. La inteligencia artificial debe ampliar capacidades humanas, no seleccionar quién merece tener futuro.

Escuchar sin renunciar a pensar

AperturIA escuchará las advertencias. No ridiculizaremos a quien señale un riesgo, por incómodo que sea. Pero tampoco aceptaremos que el miedo se presente como pensamiento acabado. Quien sostenga que la inteligencia artificial va a destruirlo todo, que debe detenerse o que nos conduce inevitablemente a una catástrofe, tiene que explicar qué prevé, por qué cree que ocurrirá, con qué pruebas cuenta y qué solución propone.

No basta con anunciar un peligro. Hay que asumir la responsabilidad de decir qué se haría mañana: qué se limita, quién lo limita, cómo se aplica esa medida en un mundo abierto y qué coste tendrá para quienes dependen de esa tecnología para vivir, investigar, trabajar o competir. Una advertencia sin una salida posible puede ser una intuición legítima; todavía no es una política.

Nuestra posición

Estamos a favor de la inteligencia artificial y de su apertura responsable. Estamos en contra de la impunidad, de la concentración de poder y del abandono de las personas que puedan quedarse atrás. No creemos que el progreso sea automático ni que toda innovación sea buena por definición. Creemos algo más exigente: que el progreso debe continuar, pero debe responder de sus efectos.

Por eso AperturIA publica el desacuerdo. No porque no sepamos qué pensamos, sino porque una posición que merece defenderse no teme escuchar el mejor argumento contrario. La inteligencia artificial no necesita devotos ni enemigos. Necesita personas dispuestas a comprenderla, a discutirla y a decidir qué hacemos con ella sin pánico, sin ingenuidad y sin dejar a nadie fuera.